Violencia Negro-indígena en EEUU (USA)

1 09 2007

Este es un excelente artículo extraído de un periódico espeñol, que muestra la realidad de la violencia en Estados Unidos. Más del 99% de los pandilleros son negros y “latinos” (indígenas, ya que los Latinos son EUROPEOS; algo que la prensa aun no comprende):

El infierno está en Los Ángeles

En la misma ciudad donde levantan sus mansiones las estrellas de Hollywood hay niños que matan y mueren tiroteados en plena calle. La lucha entre bandas negras y latinas por el poder ha convertido el sur de Los Ángeles en el lugar más peligroso de Norteamérica. Aquí es difícil llegar a viejo.

YOLANDA MONGE 23/08/2007

El estadounidense medio tiene una posibilidad entre 18.000 de ser asesinado. En Los Ángeles, esta última cifra desciende a 250. Atrapadas en el fuego cruzado del odio entre bandas, 272 personas cayeron muertas en la ciudad californiana el año pasado. En los últimos cinco años se han cometido 23.000 crímenes relacionados con bandas. En total, 782 muertes, 5.000 violaciones, 10.000 robos… Y la tendencia es al alza. Un 14% en 2006.

Las bandas las integran en un 96% negros y latinos. Se matan en guerra racial no declarada

En el mundo de los pandilleros se considera un honor estar clasificado como los más peligrosos

Cuentan en el distrito de Watts que en la Nochevieja pasada el cielo se iluminó por la enorme cantidad de armas de fuego que fueron disparadas. Tantas que el espacio aéreo sobre el aeropuerto de Los Ángeles se vio cegado y el tráfico aéreo tuvo que ser desviado. A Watts manda el Ejército de EE UU a sus médicos porque lo que se ve en las unidades de traumatología de los hospitales es lo más parecido a una zona de guerra. “¿Por qué estamos en Irak?”, se pregunta el reverendo Clarence Mountie. “Si las armas de destrucción masiva están aquí. Adolescentes embarazadas, niños sin padres, chavales cabeza de familia…”. La muerte a la vuelta de la esquina.

Los chavales acostumbran a ir a funerales de amigos. Cadáveres amortajados de apenas 13 años. Entre la autopista 110 y la 105, los Bounty Hunter Bloods y los Grape Street Crips aterrorizan a la población de Nickerson Gardens, Jordan Downs, Imperial Courts y Gonzaque Village. Y todas las calles que conectan estos suburbios de protección oficial. “Las bandas callejeras son las responsables de la mayoría de los crímenes en Los Ángeles”, declaró en enero el alcalde de la ciudad, Antonio Villaraigosa. Y dio un dato: “Son responsables del 70% de los tiroteos”. Dos meses después, en marzo, el jefe de la policía de Los Ángeles, William Bratton, definía el área de Jordan Downs y Nickerson Gardens como “el lugar más peligroso de América”.

Un lugar en el que el día y la noche se corresponden con la vida y la muerte. Que cuando se contempla de madrugada no parece corresponderse con el que se ve con el sol en alto. “Nadie acaba de entenderlo”, cuenta Bratton, acerca de la segregada geografía de Los Ángeles. A la vista de las palmeras, de los jardines, de la quietud, bajo el cielo azul que cubre a las estrellas de Hollywood. “Esos barrios no parecen peligrosos”, admite el jefe de la policía.

Hasta que cae la noche. Es entonces cuando 700 bandas con 80.000 miembros aterrorizan a la ciudad (de cuatro millones de habitantes), 65 de ellas concentradas en Watts, con 15.000 miembros dedicados a defender su feudo. Uno de cada 100 ciudadanos de Los Ángeles es un pandillero, un asociado, un cooker (los que saben cómo convertir la cocaína en crack), un hook (los que conducen a los clientes a los camellos) o un afiliado. Sólo en Watts, los pandilleros dispararon sobre 500 personas en un año. Mataron a 90. Son contados los vecinos que no tienen un lazo con los Bloods o los Crips, quienes no portan el color rojo de los primeros o el azul de los segundos. Quienes se resisten a formar parte de la cadena sufren las consecuencias. En Jordan Downs, hace unas semanas, un joven de 14 años se negó a engrosar las filas de la manada. El argumento que le convenció de la necesidad de tener el carné de miembro fue la violación en grupo de su hermana de 12 años. El nuevo cofrade fue obligado a contemplar en vídeo el ataque.

Los Ángeles. Una ciudad dividida. La segunda urbe más grande de EE UU. La autopista de Santa Mónica separa dos mundos. Al norte, las glamurosas colinas de Hollywood, las playas de Malibú, Bel-Air, Beverly Hills, los menos de tres kilómetros de derroche concentrados en Sunset Strip. Los barrios ricos con coches caros aparcados frente a casas de lujo. Eso al norte. Y luego está el sur. Con su mayoritaria población negra e hispana, epicentro de una epidemia de paro y violencia. Los Ángeles son dos ciudades. Y casi nunca se solapan. Los del norte ignoran la lucha por sobrevivir de sus vecinos del sur. Sólo en Watts, un 75% de la población adulta negra ingresará en algún momento de su malograda vida en la cárcel. Ya hay más hombres negros en prisión que en la universidad. A la exponencial violencia que aplican las bandas se ha sumado la ola de criminalidad exportada desde México y América Central. Las bandas latinas dominan el núcleo duro del negocio de la droga. Son éstas las mismas maras que han obligado al Departamento de Estado a anunciar una estrategia para combatir el crimen llegado desde la frontera sur de EE UU.

El norte de Los Ángeles. Donde el brillo de los barrios contrasta con la oscuridad en la que se vive por debajo de la autopista 10. A las casas de cristal se contrapone el ladrillo y las ventanas mínimas. Es de noche y no hay un alma en las calles de Watts. Tampoco una sola luz. Pero a través de las ventanas se adivinan figuras en movimiento. Humanos que se saben la topografía de sus pisos de memoria, al tacto. Sólo el resplandor de la colilla de un cigarrillo. Una bombilla prendida puede facilitar al inquilino ser el blanco de una Glock semiautomática 9 milímetros, o de una Uzi, o de un Ak 47… Tayisha admite haber pasado su infancia y adolescencia encerrada en casa. Dejaba su hogar antes de que saliera el sol, para no cruzarse con nadie. Llegaba antes de anochecer y ya no salía hasta el día siguiente. Así día tras día, mes tras mes, año tras año, hasta llegar a abandonar el gueto sin haber sucumbido a la violencia. “Nunca jugar en la calle, siempre estar refugiado en casa”.

Tayisha es negra. Tiene 20 años -casi una vieja para haber vivido en Watts-. Ha sobrevivido. Nunca se dejó ver demasiado. Se movía con rapidez, nunca se confiaba, usaba las esquinas como aliadas en la guerra de guerrillas que se vive en la zona. Cheryl Green era desenfadada, traviesa. Conversaba apoyada en su vespino con unos amigos una fría tarde del pasado enero. La misma en que una banda formada por latinos decidió salir “de caza”. Buscaban un negro sobre el que disparar, explicó después la policía. Cualquier negro. Y encontraron uno. Cheryl Green. Acribillada a balazos. Sus amigos cayeron heridos junto a su cadáver. A Cheryl le apasionaba la comida y la televisión basura. Días antes de su muerte escribió en su diario: “Soy negra y bonita. Me pregunto qué me deparará el futuro”. Un reguero de balas y un ataúd a la corta edad de 14 años.

Un 96% de los miembros de las bandas son negros o latinos. Y se matan en una guerra racial que nadie ha declarado. A veces incluso se asesinan entre ellos, latinos exterminando a latinos, negros ajusticiando a negros. Por el control del poder. Por vengar a un compadre. Por un ajuste de cuentas. O porque sí. El pasado noviembre, tres miembros de una banda latina fueron condenados a cadena perpetua por varios crímenes entre los que se contaba el asesinato de dos hombres negros. Ambos fueron elegidos al azar. Uno esperaba el autobús. El otro buscaba aparcamiento.

De los 64 millones de jóvenes que hay en EE UU, 40 de ellos cumplen al menos con uno de los criterios que les ponen en riesgo de caer en las bandas, según los expertos. Devon Perry tenía bastantes más de uno. Por eso su madre le envió a vivir fuera, alejado de Watts, alejado de las bandas, alejado de los miembros de su familia -todos- que pertenecían o estaban relacionados con los Bounty Hunter Bloods. Pero una noche del pasado abril, un joven negro de 17 años era asesinado de un tiro en la nuca en una calle de South Central, escenario en 1992 de una guerra entre los Crips y los Bloods que conmocionó al país y enseñó al mundo una de las peores caras de la primera potencia mundial. Ese joven era Devon Perry. A su funeral asistieron cerca de mil personas, incluidos miembros de los Crips y de los Bloods.

Aquel día era soleado. Desde el cementerio se veían las famosas letras que forman el nombre de HOLLYWOOD. Volaron palomas blancas que simbolizaban el alma de Devon. Quienes portaban el féretro lucían su más amenazador rostro. Y allí estaban los enterradores. Dos mexicanos con el miedo en el cuerpo. Con las manos temblorosas. Sin duda estaban en el funeral del miembro de una banda, de uno de los muchos grupos que no gustan de los hispanos en la calles de Los Ángeles. Había que acabar el trabajo y esfumarse. Pero los nervios les traicionaron. Perdieron el control de los mandos que introducían el féretro en la cripta. La caja cada vez se inclinaba más. Peligrosamente. Acabó estrellándose contra el mármol. Crack. El sonido de la madera rota. Primero, el silencio. Después, la furia. De la garganta de la madre de Devon salió un grito desgarrador. En su desesperación, un golpe de su puño tumbó a quien oficiaba la ceremonia. Los portadores del féretro descargaron toda su ira contra los dos sepultureros. Cuando la policía llegó al lugar, los mexicanos eran un amasijo de carne y sangre tras la brutal paliza. Fue un milagro que no se disparase un tiro, con más de la mitad de los asistentes al velatorio armados, fuertemente armados.

El asesinato de Devon Perry fue uno más de los 272 homicidios entre bandas que se ejecutaron en Los Ángeles el año pasado. Y a tenor de las cifras habrá más. Hoy hay seis veces más bandas en L. A. que hace un cuarto de siglo. Con el doble de miembros. Devon Perry finalmente abandonó, para siempre, la valla que rodeaba su barrio. Una verja que no defendía a los que habitaban en el interior, sino que protege al mundo exterior de las bandas. Como elemento disuasorio contra el crimen, el barrio tiene instalado un circuito de cámaras en lo alto de postes de luz parapetados tras una barrera militar de plexiglás diseñada para resistir balas de calibre 0,50. Libertad en una cárcel de cristal.

“187”. Dibujado en graffiti sobre una pared. Tres guarismos que componen una amenaza. “187” es el símbolo empleado por las bandas para marcar de muerte a un enemigo. “187” es el número que tiene la parte del código penal dedicada al asesinato. “Quienes nacen en el gueto lo hacen sabiendo que no tienen opciones”, dice Constante Rice, abogada de derechos civiles y autora del último informe sobre bandas en Los Ángeles (además de prima de la primera mujer negra secretaria de Estado, Condoleezza Rice). Impotentes, abandonados por madres que los quemaban con cigarrillos o les sujetaban la cabeza bajo el agua en la taza del váter hasta perder el sentido -los padres, siempre ausentes-, los chavales buscan refugio en la banda. El 40% de los niños de Watts sufren estrés postraumático, un nivel mucho más alto que en la guerra de Beirut. “Los escolares de ocho años se hacen pis en clase sin razón aparente”, asegura Michelle Charters, trabajadora social. “No existe el juego. Ni la idea de una familia”.

Se estima que el 90% de los jóvenes varones del barrio han sido víctimas de abusos sexuales. La cifra salta hasta el 99% cuando se trata de mujeres. Son chicos y chicas que viven anestesiados por la violencia. “Los miembros de las bandas son hombres que han sido castrados”, expone Rice. “La mayoría no conoce a su padre. Buscan el amor y el respeto de un varón. Pero están a la defensiva: “¿Crees que soy idiota? ¡Que te jodan! Bang”.

Los Ángeles. Una ciudad cuya área metropolitana engloba a 21 millones de personas. Cuya carencia de transporte público ha convertido la extensa red de calles y autopistas en vallas que han cercenado la ciudad en cientos de zonas aisladas entre sí. El padre Boyle no para de responder al teléfono en su oficina de la calle East First Street. Corta continuamente la conversación para atender a los presos que buscan una oportunidad. El padre Gregory Boyle lleva un sombrío recuento: el número de jóvenes miembros de bandas a los que ha enterrado. Ordenado sacerdote en 1984, eligió ser jesuita porque esta congregación tiene una misión social. Hace 20 años que comenzó a trabajar con las bandas, en un entorno en el que una vida vale menos que unas zapatillas. Desde entonces ha enterrado a 154 chicos. Recuerda todos sus nombres. “Al primero le di sepultura en 1984. Al último, hace tres semanas”.

Este jesuita hace de todo: le arregla la corbata a un ex convicto que tiene una entrevista, testifica en juicios o dice misa en alguna de las 14 prisiones a las que acude regularmente. Contesta todas las cartas de la cárcel y tiene tiempo para pensar cómo solucionar este problema. “Hay que usar nuevos métodos”, cuenta. “Con la lucha policial no basta, eso ha quedado más que demostrado. Así se puede detener a algunos pandilleros. Pero lo que necesitamos es educación, valores, enseñarles a estos chicos una vida mejor”. Algunos policías recelan de Boyle. Alguna vez se le ha acusado de haber dado cobijo a criminales. A la policía de Los Ángeles no le gusta que se entierre a miembros de bandas con los honores que recibiría un ciudadano de bien.

El padre Boyle creó la compañía Homeboy Industries en 1988 con el objetivo de rehabilitar a pandilleros y enseñarles que existe una vida mejor. Se les da asesoramiento psicológico y legal, se les busca ofertas de trabajo, se les asigna un tutor. “Es como ayudarles a que se recuperen de una adicción a las drogas o al alcohol”, comenta Boyle. “Es un camino que puede ser largo y duro, y uno siempre necesita sentirse acompañado. A veces es difícil seguir adelante, pero es posible conseguirlo”. El sueño de Boyle es ayudar a estos chicos a buscar un nuevo rumbo en sus vidas.

Aunque a veces una bala trunca ese sueño. “Puede que un joven esté en el sitio y el momento equivocados. Puede que quiera comenzar una nueva vida y acabe como otros”. El padre evita la palabra “muerto”. A pesar de que es el pan de cada día. El fin de semana del 21 y 22 de julio se registraron seis asesinatos. Ramón Estrada, de 31 años, fue uno de los fallecidos. Le dispararon mientras dormía en su porche. Una bala perdida voló sobre la cuna de su hijo de ocho meses. A Michael Lezay, de 15 años, le dejaron muerto en un callejón. Jesús Valencia no cumplirá 21 años. Le cerraron el paso con una camioneta y le dispararon a quemarropa… Un número más en la estadística de la prensa local.

Los Ángeles. El mundo de este jesuita y los 1.000 chavales que cada mes pasan por su oficina. Otro mundo para Victoria y David Beckham, ya desembarcados en el sueño americano. Los Ángeles del padre Boyle, de Constante Rice, de Tayisha, de la asistenta social, del reverendo Clarence Mountie, del chico de 12 años que hace unos días quemaba vivo a un perro en Watts (y no era el primero)… Todos son “la zona cero de la mafia”. “La capital de las bandas de América”. Ambas son expresiones del alcalde de la ciudad.

En un intento desesperado por acabar con las bandas, Antonio Villaraigosa, el primer alcalde latino de Los Ángeles, ha creado una lista de los grupos más buscados y de los pandilleros más peligrosos. Cuando anunció el listado, el alcalde demócrata aseguró que la policía y el FBI seguirían a sus miembros para evitar que se reunieran. Se ha creado un grupo de 120 detectives y 10 agentes del FBI que cubren el sur de la ciudad. Según el subjefe de policía de Los Ángeles, se ha producido un aumento “vertiginoso” de la violencia. “Nuestra misión es recuperar Los Ángeles”. Antes de fin de año serán unos 200 los agentes dedicados en exclusiva a este cometido. Hasta hoy, la totalidad del cuerpo de policía lo componen 9.000 agentes. Nueva York tiene 40.000, tres veces más per cápita que Los Ángeles.

Publicar nombres de bandas era tabú. En el mundo de los pandilleros se considera un honor estar clasificados como “los más peligrosos”. Pero la violencia devora a Los Ángeles y el alcalde necesitaba un golpe de efecto. “Estamos poniendo en marcha una estrategia coordinada, agresiva, de supresión, que apunta a los peores criminales y a las bandas más violentas. Y vamos a caer sobre ellos con todas nuestras fuerzas”, declaraba Villaraigosa antes de la publicación de las listas. El regidor se refirió al padre Boyle a la hora de argumentar a favor de su nueva estrategia: “Un gran párroco al que conozco y que trabaja con estos niños dijo: ‘Nada puede detener una bala mejor que un puesto de trabajo”.

Pero el padre Boyle no acudió a la presentación. Ha vaticinado que la lista tan cuidadosamente preparada por la policía va a ser una desastrosa arma de doble filo. “Va a ser un sueño para cualquier pandilla llegar a estar dentro de ella”, comenta.

Por primera vez en su historia, el FBI ha incluido a uno de estos pandilleros en su celebérrimo catálogo de enemigos públicos. Emigdio Preciado Jr. está en busca y captura por disparar a dos agentes en Los Ángeles cuando se dirigía a una reunión con miembros de su banda. Preciado disparó 21 veces con un rifle desde su coche. El FBI ofrece 100.000 dólares a quien pueda dar alguna pista sobre su paradero.

Villaraigosa acaba de nombrar un responsable en la lucha contra las bandas. Se trata del pastor evangélico Jeff Carr, que saltó a los medios de comunicación en febrero por reunirse con el presidente iraní en un intento de encauzar las relaciones entre EE UU e Irán. Negociar con los ayatolás. Mediar entre las bandas.

Hay quien piensa que las medidas del ayuntamiento están resultando un fracaso. Las detenciones masivas, la dureza policial, las listas… todo parece estar creando lazos más fuertes entre los miembros y volviéndolos más violentos. Ésta es una de las conclusiones de un estudio editado por el Justice Policy Institute. “Las bandas no son las únicas responsables de las estadísticas criminales. Y estas técnicas agresivas empeoran la situación aislando a los ciudadanos y atrapando a los más jóvenes en el sistema de la justicia criminal”, dice Kevin Pranis, uno de sus autores. Los responsables del informe van más allá al recomendar “que otras ciudades no adopten la desastrosa guerra contra las bandas de Los Ángeles. Ese sistema ha fallado durante generaciones, y no nos podemos permitir perder a más chavales en las prisiones”, asegura Luis Rodríguez, escritor mexicano. “Hay que invertir en puestos de trabajo, en escuelas, en prevención”.

¿Pero cómo se previene que una madre de 30 años conduzca a su hijo de 14 y a seis amigos (miembros de la banda Fumadores de Marihuana Latinos) a matar a un chaval de 13 años? Los siete menores apuñalaron a José Bobby Cano hasta la muerte. “Creía que lo había visto todo”, confiesa Gary Hearnsberger, encargado de crímenes relacionados con bandas de la oficina del fiscal del distrito. Lo mismo debió de pensar el agente que leyó sus derechos a otra madre. Ésta de 37 años. Llevó a sus hijos a que dispararan desde el coche a miembros de una banda rival. En Los Ángeles es difícil haberlo visto todo.

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